Whiplash, empujando los límites.


En los premios de la academia año a año hay un escaño que se llena con la joya independiente del año, generalmente inflada por el festival de Sundance o Tribeca. Muchas son las películas que exitosamente han hecho este periplo para consagrarse con un oscar o dos según sea la ocasión, tal es el caso de películas como Little Miss Sunshine (2006), Beasts of the Southern Wild (2012) o Juno (2008).

Para este año la exquisita Whiplash del joven director estadounidense Damien Chazelle se llevó tres premios oscar correspondientes a Mejor actor de reparto para el experimentado J.K. Simmons, el de mejor mezcla sonora y mejor montaje, este último todo una sorpresa arrebatándoselo de las manos a Sandra Adair por Boyhood, la favorita en esta categoría.

¿Pero de que va? Whiplash nace como un cortometraje el año 2013, en el cual el director de 29 años pone en contexto todo su empeño por el ritmo, la actuación y la fluidez narrativa que se haría presente en el largometraje un año después, en ella Andrew (Miles Teller) un joven estudiante en la academia musical Shaffer de New York, se debe contentar con ser el reemplazante del titular en la banda en donde participa, pero él tiene objetivos más altos que son pertenecer a la banda de jazz que dirige el aclamado y estricto Terence Fletcher (J.K. Simmons). Una vez que Andrew se queda ensayando más tiempo por su cuenta éste estricto director lo oye tocar, entonces le hace una prueba rápida la cual no es del todo satisfactoria para el chico, frustrado se descarga con sus familiares a la llegada a su hogar, la película pone encontraste en este punto la diferencia que existe en las familias de clase media estadounidense en cuanto a la vocación y lo servicial que pueda llegar a ser esta, lo importante que es para toda sociedad lo medible y la competencia.

Posteriormente vemos al propio Fletcher llegar al ensayo de la banda donde Andrew es el suplente, en la sala se siente el nerviosismo de estar frente a este director, hace algunas pruebas muy cortas a algunos miembros y finalmente se decide por incluir en su grupo a Andrew. En este punto comienza el devenir de la película ocurriendo como una estructura ascendente de aprendiz maestro, haciendo especial hincapié en la locura e insensatez del maestro, llevando a cada uno de sus alumnos a los límites, estresándolos y maltratándolos psicológicamente, para conseguir dar el salto que como él mismo evidencia dentro del metraje “solo unos pocos han conseguido”, esta vehemencia le traerá más de algún problema en relación con sus alumnos y será un hecho especialmente importante dentro de la historia.

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, pues bien, la buena acogida de la película se basa principalmente en ese ánimo musical y ritmo de montaje, siempre en incremento, sumido en la pasión que los protagonistas tienen sobre el jazz, Whiplash no se detiene jamás a dar un respiro, sugiere la extenuación de los protagonistas y de los espectadores, exacerba la arrogancia de Fletcher y la tozudez de Andrew, empeñado este último en constituirse como uno de los grandes bateristas de jazz junto a Buddy Rich, llevando un límite sobre otro y nuevamente empujándolo más por encima. Los redobles hacen resonar la batería una y otra vez, y a la vez que nos sentimos extasiados por esos inagotable solos que se disfrutan hasta el último suspiro, nos sentimos acompañados de un guión calculado milimétricamente obedecido sin contratiempos por esas excelentes actuaciones, estos aspectos hacen de Whiplash una película altamente disfrutable.

Ahora bien, difícilmente una película tan rápida y excitante nos proporcionaría una visión más amarga del gran arte o la gran destreza, siendo esta destreza un valor constantemente rebatido por Fletcher a Andrew a lo largo de la narración, haciendo que éste por alcanzarla se acerque lentamente al borde del abismo, llevándolo a un camino sinuoso en donde se puede parar a verse a sí mismo si es capaz de subir más peldaños de los que tiene su escalera, subiendo constantemente las expectativas que tiene el alumno por sí mismo. Nos cabe la vieja y antojadiza pregunta si ¿es la destreza entrenable como lo puede ser una disciplina deportiva?, donde la competencia se ejerce no tan solo sobre contendores si no que también contra sí mismo, como también lo puede ser el entrenamiento militar donde los soldados son empujados sobre sus límites no precisamente para razones tan nobles, y sobres este mismísimo punto otra necesaria pregunta ¿Ser artista es llevar tus límites más allá de tus límites, es descender a los propios abismos? Esta última queda abierta.

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