Vampirismo: Let The Right One In





Crepúsculo la película basada en el libro de Nancy Meyer transformo al género del vampirismo en un éxito de taquilla y puso de alguna forma en la palestra todo lo referido a este tópico, lo cierto es que contemporánea a Crepusculo (Twilight, 2008) de Catherine Hardwicke, desde la gélida Suecia se embarco y comenzó a rodar en algunos festivales una película de vampiros un tanto atípica llamada Let The Right One In (Låt den rätte komma in, 2008) también nombrada en español Déjame Entrar, en esta un niño de 12 años Oskar es víctima de bullying en el colegio, el niño no tiene amigos hasta que llega a su vecindario una familia vecina, Oskar entonces conoce a Eli una niña de más o menos la misma edad pero que solo ve de noche en el patio, luego nos enteraremos de la naturaleza de la niña y su vínculo con el protagonista.



Gélidos Afectos



Lo atípica de la cinta radica en el contraste expuesto por la puesta en escena, alejándose de los estereotipos cinematográficos convencionales, esos casos en los que tantos dientes afilados y litros de sangre vimos por minuto, muy por el contrario Let The Right One In se emparenta más con el thriller psicológico – si se le puede encasillar en un genero especifico – u obedece a la herencia directa de los autores nórdicos antiguos, por cierto que Tomas Alfredson el director de la cinta se paso más veces viendo la filmografía de su compatriota Ingmar Bergman que leyendo los libros sobre los géneros cinematográficos del terror, pues en su filme se obtienen reminiscencias de la acción psicológica a nivel metafísico expuestos por el maestro sueco en los 60’ y 70’ mayoritariamente. Posiblemente Let The Right… no obtenga la misma atención pública que su par Crepúsculo pero hay que atender que de ella se generan mucho y más interesantes temas, es decir, hay muchas más películas expuestas en la película sueca que en el Bestseller gringo, la oscura obsesión asexuada de Eli representa no solo el despertar sexual del Joven Oskar, o su fijación, sino la anormalidad de una sociedad atrofiada por la ambigüedad animal, sexual o ética. Oskar es un ente completamente ajeno a nuestro mundo social, es lo más lejano a un inocente niño expuesto en nuestra cultura, Oskar es más bien un espejismo de la mitología antigua en la cual la maduración ética e intelectual se ejercía como derecho con mucha antelación, Eli por su parte es ese fantasma del pasado que toma como rehén al niño para obtener lo que desea, un bien personal no es nunca un bien colectivo y el retorno al punto cero para la vampira es el punto de no retorno para el niño.





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Fuera de Campo

de Carlos Reviriego

Cahiers du Cinema España



Por reconfortante que se pretenda, el cine popular no debería subes­ timar la inteligencia del espectador. Déjame entrar, que se ha paseado con éxito por pantallas y citas internacionales (en Sitges se llevó el Premio del Público), es capaz de invocar el placer de todo tipo de espectador sin renunciar por un momento a su principal anomalía: la corriente dramática está agazapada en lo visible. La inexacta traducción del título (debería ser algo así como “Deja entrar a la persona adecuada”) resume con elocuencia, sin embargo, las intenciones de una película entregada a la poética de la ocultación. Como un vampiro al otro lado de la ventana, el director sueco Tomas Alfredson solicita que le permitamos traspasar el umbral de nuestro imaginario mitológico para que el film pueda revelarse en toda su magnitud.

De tal modo, el viaje sentimental de Oskar, un niño de doce años, con Eli, una niña-vampiro que aparenta la misma edad, no deja de ser el fantástico pre­ texto de una película especialmente interesada en los decisivos combates contra los miedos internos que se libran en la muerte de la infancia. Y aunque el origen de Déjame entrar es literario (aparte de su inspiración en el vampirismo, se trata de una adaptación de la exitosa novela de John Ajvide Lindqvist), su gramática es absolutamente cinematográfica.



Sutiles escamoteos


Con todo su vigor, toda su belleza, su crueldad y su dulzura, Déjame entrar presume de un fascinante repertorio del empleo del fuera de campo, de cómo lo que queda más allá del cuadro siempre puede estar visible. Los escamoteos, como las ausencias, son sutiles y reveladores. No responden a un tramposo gesto del director para eternizar el suspense o preparar la sorpresa efectista. Al contrario, la ocultación es el sistema que anida en la misma génesis del relato, y termina por apropiarse de él para permitir que el drama transcurra al fondo del plano (en los asesinatos de víctimas inocentes), por encima de él (en la impactante escena final de la piscina, hacia la que parece avanzar todo el film), o en los sonidos: un degüello, un mordisco, el código morse que cierra el film, “encriptando” así los últimos gestos de los amantes… Si la película es más elocuente en lo que esconde que en lo que muestra, es precisamente porque aquello que oculta es lo que tantas veces nos han arrojado sin piedad desde la pantalla. Lo hemos visto en Crepúsculo, y también en la serie televisiva True Blood, sendas aproximaciones al vampirismo desde el mundo contemporáneo, si bien la acción de Déjame entrar transcurre durante los primeros años ochenta, algo que la película, en otro de sus escamoteos, nunca hace explícito

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Afinada en clave nórdica, propensa a cobijar la gélida belleza de la metafísica (más cerca en todo caso de Kieslowski que de Bergman), Déjame entrar no deja de abrirse a diversas lecturas a medida que camina hacia la luz que persigue. Sorprende entonces la delicadeza con la que la película se desliza una y otra vez del naturalismo de un relato de acoso escolar a los engranajes atmosféricos del cine de terror, de los códigos del cine social y del drama familiar a la magia de un amor preadolescente. En este sentido, el film encuentra otra clase de poética, la del reconocimiento (vemos lo que sospechamos), equivalente en todo caso a la que experimentan Oskar y Eli en su proceso de dependencia mutua. Lo bello y lo siniestro, como si fuera la primera vez, eternamente confabulados.


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