La Buena Vida



Oscilaciones colectivas.


Tres esbozos de relaciones humanas que se cruzan una y otra vez en Santiago de Chile, tres narraciones mínimas finamente urdidas del chile actual, tres personajes principales que están hundidos bajo su propio desdén.

Una mujer de aspecto descuidado atiende a su bebe dentro de una pequeña habitación mientras la cámara panea hacia un ventanal, nos muestra con un halo de suciedad a Santiago, la gran capital. Así comienza la quinta película de Andres Wood, con una historia anónima, ínfima, de las cuales las películas no se preocupan, sino que las saltan, las obvian concientemente, sin embargo La Buena Vida nos da una pequeña impresión o algunas pistas sobre una mujer llamada Patricia pero podría ser sin nombre como muchas, que marginalmente existen y son parte constituyente de la ciudad, aquella bien llamada selva de cemento que no tiene espacio para detenerse sobre las historias particulares que por ella circulan a diario.

La narración se centra en tres personajes que permanentemente se cruzan por las calles atestadas de Santiago, primero Teresa (Aline Küppenheim) psicóloga de profesión intenta concientizar a prostitutas con cursos de educación sexual mientras cría a su hija quinceañera (Manuela Martelli) y debe lidiar con su ex esposo (Alfredo Castro), Edmundo (Roberto Farias) Peluquero de 40 años que vive con su madre (Bélgica Castro), tiene la aspiración de comprarse un automóvil con un crédito bancario, y Mario (Eduardo Paxeco) joven músico que viene llegando de estudiar en Berlin pero no queda seleccionado en la filarmónica de Chile así que se presenta al orfeón de carabineros. Este es el punto de partida de este relato coral cuyo principal objetivo es exponer el clima de modernidad incomunicacional en el cual se sume una ciudad desarrollada como lo es Santiago de Chile, el chile post globalización donde se ven los gérmenes de una sociedad sicótica cuando Teresa una y otra vez se enfrenta a su ex marido con odio y sin poder escapar de la costumbre y el tedio que significa sentirse de él, es decir, el miedo a comenzar de nuevo pues es mas fácil seguir enfrentando el fantasma de su pasado. Se observa también la actitud aspiracional de Edmundo que encuentra “Bacan” que estén construyendo un Mall al lado de su edificio, con todo lo que lleva de por medio esa notable metáfora del chile antes de la “crisis”, en el plano donde Edmundo mira por la ventana las luces y camiones que de noche siguen la labor de construcción Wood inserta aquella impresión de un chile que no para y que no obstante la mediocridad de las situaciones que esta narrando, los ambientes que rodean a los personajes no se conectan con ellos, en contraposición por ejemplo del Santiago que mostraba Play (2005) de Alicia Scherson película interesante en la manera de filmar Santiago en la actualidad y mucho mas acorde con los personajes que mostraba. Mario observa como los seleccionadores de la audiencia en la filarmónica no ponen atención a las presentaciones aludiendo que los resultados están ya decididos con antelación, por el contrario ingresa a una institución como carabineros donde no existe ninguna rigurosidad en la elección de quienes velan por el orden público, Wood sigue planteando temas actuales como el desapego a los padres por parte de Edmundo y Paula (Manuela Martelli), la falta de oportunidades en los jóvenes obviando por completo la meritocracia tan necesaria en la sociedad actual, el abandono a las personas y la falta políticas que protejan a los más necesitados.


La primera impresión que queda después de oír la canción Para el Final de Chinoy junto con los créditos, es que estamos frente a una película profundamente triste, llena de pequeños detalles que ayudan a construir la emoción en el espectador, pero posteriormente si la miramos con la distancia precisa nos daremos cuenta que Andrés Wood ha hecho un gran trabajo que parte con la maduración en su lenguaje fílmico, la evolución de su puesta en escena y sacando partido a la mejor narración que se le ha visto hasta el momento, si en Machuca (2004) se le había elogiado la capacidad de generar conmoción y emoción el La Buena Vida se le rescata la facultad de generar intimidad con mínimos elementos, con un guión impecable y una dirección de actores mejor aún – vale la pena observar con detención el trabajo de Roberto Farias y Manuela Oyarzún -, esta película se expondrá al paso del tiempo para saber como madurará con los años, por lo menos ya se gano un lugar en la historia al ganar el segundo Goya español para una película Chilena. Por último Andres Wood es un director joven que vale la pena que siga dirigiendo pues sin duda es una de los talentosos de su generación.

trailer





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