Atractivos y Peligros de la internacionalización

por Jonathan Rosenbaum

Cahiers de Cinema, España nº7.

Traduccion de Carlos reviriego



He reflexionado últimamente sobre los atractivos y peligros de la internacionalización, que trae consigo también los atractivos y peligros del nacionalismo. Como hijo de la Cinématheque parisina (1969-74), que tuvo que ver gran parte del cine mudo sin intertítulos, y como seguidor de Henri Langlois y de su visión del cine como un lenguaje universal, me quedé encantado y asombrado a partes iguales cuando conocí a un profesor argentino de Mar del Plata, en 2005, y me informó sobre una cadena de pequeños cine-clubs en Córdoba que él ayudaba a dirigir, y que proyectaba películas como The House is Black (1962), de Forugh Farrokhzad o Chekhov’s Motifs (2002), de Kira Muratova, con subtítulos en español y para ochocientos espectadores por semana. Una misión utópica en la que películas sobre la quintaesencia iraní y rusa devienen accesibles para la Argentina rural, algo que evoca en mí la noción del cine de Langlois como una nación independiente por derecho propio. Así que cuando varios periodistas chilenos me preguntaron en el Festival de Cine de Valdivia, el pasado octubre, qué pensaba sobre la industria cinematográfica chilena, la respuesta sonó tan extraña como si yo preguntara a un chileno de visita en Chicago su opinión sobre el sistema de correos americano. Como alguien cuyo conocimiento del cine chileno no va más allá de Raúl Ruiz y de Play, de Alicia Scherson, no pude ni empezar a contestar.

Más recientemente, preparando una clase sobre Stars in My Crown (1950) para un curso sobre el cine de los años cincuenta que imparto en Chicago, como norteamericano me irrité al comprobar que Jacques Lourcelles describe este film en su Dictionnaire da Cinéma como “el segando de los seis westerns de Jacques Tourneur y el primero de los tres que rodó con Joel McCrea”. Después de todo, la ciudad ficticia Walesburg de finales del siglo XIX, donde transcurre toda la acción del film, es claramente sureña, donde todavía pervive la memoria de la esclavitud y donde un grupo local de vigilantes en sábanas blancas nos sugiere que el Ku Klux Klan aún está operativo.

Una reflexión más profunda me hizo especular con la idea de que quizá era yo mismo, y no Lourcelles, quien estaba siendo algo provinciano. Tourneur tomó la opción de no ser demasiado explícito en su descripción de Walesburg como una ciudad sureña, sin acentos regionales, y no tengo ningún problema en aceptar Wichita (1955), de Tourneur, en el que McCrea interpreta a Wyatt Earp, como un western, aunque transcurra en Kansas, un estado del medio oeste (muy diferente al oeste). Quizá la cuestión resida en si entendemos el western como un género nacional o internacional. Si el género pertenece más al cine mundial que al cine norteamericano, el hecho de que Walesburg sea una ciudad sureña o no se convierte en algo secundario. Por lo que respecta a Tourneur, el asunto adquiere más interés si consideramos cuánto se pierde y cuánto se gana cuando Pedro Costa hace un remake de Yo anduve con un zombie (1943) en Casa de Lava (1994) cambiando el escenario de una isla del Caribe a Cabo Verde, planteando la cuestión de cuánto de la esencia de un film depende de detalles regionales. (La música, por ejemplo, es muy distinta). ¿Y qué ocurre si consideramos el tema desde una perspectiva local semiótica en lugar de geográfica o histórica? En I’m Not There, el reciente ensayo especulativo de Todd Haynes sobre el significado semiótico de la contracultura de los años sesenta percibida a través de la figura de Bob Dylan, la identidad personal no es más que la suplantación de mitologías encarnadas por seis actores distintos. Uno de ellos, sugerido por el mito de Pat Garret y Billy the Kid (el western de Peckinpah, en el que intervino Dylan), planta a Richard Gere en el poblado del medio oeste de Riddle, Missouri, una ciudad de “western” tan imaginaria que contiene tanto una jirafa y una ostra como un grupo de hippies y a Pat Garret. Pero si lo que entendemos por “el western” es una confusa mitología que nos llega filtrada a través de los medios de comunicación, quizá el Riddle de Haynes no esté más desterritorializado que el Walesburg de Tourneur.

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